martes, junio 17

LA MOCHILA QUE PERDÍ

Ayer conocí a Fidel, primero por vía celular y luego en persona.
Amigo de un amigo, que son como hermanos.
Estaba sentado abrazando su mochila, mientras el viento frio acariciaba su cabello sucio,  yo sacaba el celular para confirmar si se trataba de él, se puso de pie inmediatamente cuando vio ese acto, y con un poco de esfuerzo, levanto su pesada mochila para empezar a caminar como quien se va para la plaza, preguntó a donde iremos, y uno de los platos que me gusta comer en días así de caminata, son los pollos a la brasa de cinco soles que venden en cualquier esquina de Huancayo.
Fidel tiene en la mirada una locura, en sus palabras certeza y convicciones,  pero como dicen que todos tenemos un poco de loco, con él digamos que la locura y cordura están siempre de la mano, buen lector de la vida, y unos zapatos machos que siempre le acompañan y su mochila donde duerme Ulises, viajero que denota en sus gestos, la obstinación de conocer muchas cosas de esta vida que aún no están descritas, tal vez está empeñado en solo conocer a mayor detalle, esas cosas tan triviales como una caminata, una conversación o una sonrisa, actualmente está en Lima, con meta de llegar al norte, de visitar a su amada y como el mismo dice, dejarse sorprender por la vida y esperar el suceso del siguiente suceso.

Si lo llegas a conocer, abrázalo, él te devolverá ese abrazo con toda la sinceridad que jamás antes he conocido.

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