LA MOCHILA QUE PERDÍ
Ayer
conocí a Fidel, primero por vía celular y luego en persona.
Amigo
de un amigo, que son como hermanos.
Estaba
sentado abrazando su mochila, mientras el viento frio acariciaba su cabello
sucio, yo sacaba el celular para
confirmar si se trataba de él, se puso de pie inmediatamente cuando vio ese
acto, y con un poco de esfuerzo, levanto su pesada mochila para empezar a
caminar como quien se va para la plaza, preguntó a donde iremos, y uno de los
platos que me gusta comer en días así de caminata, son los pollos a la brasa de
cinco soles que venden en cualquier esquina de Huancayo.
Fidel
tiene en la mirada una locura, en sus palabras certeza y convicciones, pero como dicen que todos tenemos un poco de
loco, con él digamos que la locura y cordura están siempre de la mano, buen
lector de la vida, y unos zapatos machos que siempre le acompañan y su mochila
donde duerme Ulises, viajero que denota en sus gestos, la obstinación de
conocer muchas cosas de esta vida que aún no están descritas, tal vez está
empeñado en solo conocer a mayor detalle, esas cosas tan triviales como una
caminata, una conversación o una sonrisa, actualmente está en Lima, con meta de
llegar al norte, de visitar a su amada y como el mismo dice, dejarse sorprender
por la vida y esperar el suceso del siguiente suceso.
Si
lo llegas a conocer, abrázalo, él te devolverá ese abrazo con toda la
sinceridad que jamás antes he conocido.